El rincón de los lectores del IES Gabriel Miró

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viernes, 30 de abril de 2021

Poemas escondidos: "Valencia, 10 de junio", de Elia Saneleuterio Temporal, por Salma Jover

 
Elia Saneleuterio

Elia Saneleuterio es doctora en Literatura Española, licenciada en Filología Hispánica, maestra en Educación Infantil y máster en Investigación en Didácticas Específicas, especialidad de Didáctica de la Lengua y la Literatura. 
Es profesora de Magisterio en el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universitat de València. Es miembro de la junta directiva de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE) y pertenece a la Plataforma de Escritoras del Arco Mediterráneo, agrupación que tiene su propia colección de libros —de mismo nombre— en el sello editorial Lastura. El poemario 180º supone su quinta publicación como poeta, tras De cómo ya no duermo sola (premio Antonio Oliver Belmás 2005 y Ópera Prima de la Crítica Literaria Valenciana 2006), texto fuente del que deriva esta actualización que es 180º. Su bibliografía se completa con tres poemarios más escritos en su lengua vernácula, el valenciano: Encara sospire nits (2007), Poetes d’exili (2016) y Al nord amb els teus ulls (2016).

Valencia, 10 de junio

Tus labios como (pist)olas transparentes,
(fu)entes a hurtadillas las (t)ardes de verano.
Tu boca (intermit)ente como ola de sonrisas
que mojan tus (di)entes de hielo.
Qué fresquitos los hilitos cristalinos (en)redándose
entre las le(n)guas que hablamos.
(Bes)arte en la calle es un idioma.
Un (r)esbalón de agua fría
con risas (ardi)entes.

Para Salma Jover, la autora expresa sus sentimientos más íntimos hacia la persona a la que dedica el poema, con la que tiene una relación muy intensa y casi única. Las metáforas que usa para hablar de esa relación me han parecido muy bonitas y sugerentes, haciendo que la relación de amor sea muy especial.


jueves, 22 de abril de 2021

Poemas escondidos: "Los domingos", de Luis Escavy, por Lola Ferrández


Luis Escavy es un escritor murciano nacido en 1994. Trabaja como profesor de latín y griego en instituto, ya que es graduado de filología clásica por la Universidad de Murcia. Además, ha colaborado en en diversas revistas literarias como Estación Poesía o Anáfora gracias a sus poemas. Además ha tenido cierta importancia en algunos premios, por ejemplo, fue finalista del XVII Premio Internacional de Poesía Dionisia García y de la 74a edición del Premio Adonáis. 

Los domingos

No te enfades conmigo los domingos.
Hay días para eso, días buenos,
donde todo es más fácil, donde el pan
se vende a todas horas y la gente
lo compra cuando vuelve del trabajo;
y hay niños que despejan las ciudades
y bares que no cierran y terrazas
alegres y repletas de periódicos.
Y luego hay días tristes, los domingos,
donde nada me sale, donde hago
negocios chapuceros, sumo mal
y fallo varias veces en lo mismo;
me caigo tropezando en la escalera
y no importa qué haga porque es
domingo una vez más, es ese día
que Dios me deja libre y donde pierdo
las ganas de empezar otra semana.

(De Otra noche en el mundo, 2021)



Para nuestra alumna Lola Ferrández, representa que los domingos son días apagados para el poeta, ya que todo está cerrado y no hay mucha vida. Además dice que el domingo es “donde pierdo las ganas de empezar otra semana” pensando en esta sensación de cansancio que suele producirse al tener que volver a la rutina tras un buen fin de semana. El poeta pide tranquilidad los domingos, que es un día triste, apagado y sin vida e incluso cansado, porque te agota esa sensación de impotencia de encontrarnos con la semana. 

jueves, 15 de abril de 2021

Poemas escondidos: "Viernes 17 de noviembre de 2017", de Begoña M. Rueda, por Ana Correas

Begoña M. Rueda
(Jaén, España, 1992). Ha estudiado Filología Hispánica en la Universidad de Jaén, en cuya facultad ha ganado dos veces el primer premio de poesía por La canción del bardo (2015), Playlist (2019) y el accésit por Damasco (2019). También ha publicado Princesa Leia (Isla de Siltolá, 2016), Siberia es un estado de ánimo (En Huida, 2017) y Reencarnación, (Ediciones Complutenses, 2019). Este poema pertenece a su libro, Todo lo que te perdiste por meterte a monja, con el que ha ganado el Certamen Internacional de Poesía Martín García Ramos, que publicó en 2020 la editorial Difácil. 






VIERNES 17 DE NOVIEMBRE DE 2017
 
Ojalá volvieras para disfrazarnos de power rangers.
Es lo típico que siempre dijimos de hacer y nunca pasó,
disfrazarnos de power rangers en un entierro,
intentar salir en los periódicos.
No podíamos entender que nunca se le hubiera ocurrido a nadie,
querías que nos disfrazáramos
tú de power ranger rosa y yo de power ranger amarillo
en el entierro de un cura, qué mejor candidato
que alguien que basa sus creencias en la ciencia ficción,
alguien que da misa
disfrazado de power ranger negro.

En opinión de Ana Correas, el poema habla desde la nostalgia y el cariño hacia una persona querida de la autora con la que disfrutaba y hablaba de hacer cosas divertidas (como disfrazarse de power rangers rosa y amarillo en un entierro solo porque nunca se le había ocurrido a nadie). El poema hace una crítica y una burla a la religión: la crítica cuando dice que las creencias de un cura están basadas en la ciencia ficción; la burla, cuando dice que oficia misa disfrazado de power ranger negro.

martes, 13 de abril de 2021

Adolfo Lizón: especialista oriolano en la obra de Gabriel Miró


En muchas ocasiones, al hablar de escritores oriolanos, nos ceñimos en exceso a la figura de Miguel Hernández. Esta tendencia, lógica por una parte si tenemos en cuenta la calidad y la trascendencia del poeta oriolano, provoca que perdamos de vista otras figuras que han destacado en la literatura de nuestra ciudad, tales como el escritor que da nombre a nuestro centro, Gabriel Miró. Sin embargo, tenemos ahora la oportunidad de ir restañando esta costumbre con la recuperación y puesta en valor de la obra ensayística de un escritor oriolano: Adolfo Lizón.  Autor, entre otras obras, de los ensayos "Léxico y estilo en Gabriel Miro" (1942) y "Gabriel Miro y los de su tiempo" (1944), fue recientemente protagonista de una exposición (octubre 2020, Palacio Sorzano de Tejada) en nuestra ciudad que, por desgracia, se vio truncada por la pandemia.

 Como intento por hacer justicia a esta figura, compartimos un vídeo sobre su labor filológica y literaria, así como el enlace en el que se puede consultar toda la obra de Adolfo Lizón, digitalizada por la Biblioteca Pública Fernando de Loaces.

Del mismo modo, este jueves 15 de abril, a las 19:30 h. en la Biblioteca Pública María Moliner se presentará el libro Adolfo Lizón y los de su tiempo, que ha sido editado por la Fundación Cultural "Miguel Hernández" y que contará con la presencia de la hija de Adolfo Lizón, Dña. Elena Lizón - Respaut. En definitiva, una oportunidad para conocer la labor de dos figuras literarias cuyo trabajo se centró en Orihuela.

Vídeo sobre exposición de Adolfo Lizón

Acceso a la obra completa digitalizada de Adolfo Lizón en la Biblioteca Fernando de Loaces

Presentación del libro "Adolfo Lizón y los demás"

jueves, 8 de abril de 2021

Poemas escondidos: "Hijos de la Bonanza", de Ben Clark, por Ana López

Ben Clark es un poeta nacido el 21 de junio de 1984 , de nacionalidad Española y Británica.

Ha recibido diversos premios literarios entre los que destacan el Premio Hiperión 2006 ex aequo con David Leo García, el VII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande.

Uno de los poemas más conocidos de Ben Clark es "El fin último de la (mala) literatura", publicado originalmente en La mezcla confusa (2011) y que se viralizó a finales de 2011, alcanzando una gran difusión en redes sociales. Entre 2002 y 2012 mantuvo una columna semanal en catalán en el Diario de Ibiza y ha colaborado con entrevistas y artículos para otros medios como El Mundo, La Vanguardia o El País. Ha traducido a los poetas Anne Sexton, Stephen Dunn y Edward Thomas, y al narrador estadounidense George Saunders. Su obra aparece en diversos recuentos y antologías de la poesía reciente.

HIJOS DE LA BONANZA


«Hijos de la bonanza», nos llamaban.

Los que no conocieron ni la hambruna

ni las agudas larvas de estridencia

chillando en el oído por las bombas.

Y cuando nuestras piernas, tan delgadas,

caían y sangraban porque el parque

era de un hormigón armado y frío,

se quedaban callados, observando

nuestro llanto con un gesto de sorna.


Debíamos vivir y dar las gracias

por la ocre rozadura en la garganta

que provocaba el aire al refugiarse.

Agradecer las flechas de las nubes

y que un fango lechoso a nuestros pies

–en un último gesto agonizante–

le mordiera las botas al progreso.

¿Y cómo agradecerles la alegría?

La risa provocada por los hombres

inocentes del mar

cuando se encaminaban hacia el río

dispuestos a bañarse entre excrementos.


También estaba el tedio

de tener que explicarles a los niños

palabras como pueblo indio, oso

pardo, ballena azul o lince ibérico.

Pero esto eran minucias, sacrificios

en nada comparables al sufrido

por aquellos que ahora nos decían

hijos de nuestra sangre, tan severos.


Aunque, a veces, es cierto, no fue fácil,

simplemente intentamos ir viviendo.

Haciendo caso omiso a los escrúpulos,

al vacío que moraba en nosotros,

hijos de la bonanza;

los hijos de los hijos de la ira,

herederos de todos los despojos.

Para Ana López, el poema le transmite tristeza, por las referencias a la miseria por la guerra y el hambre. Para ellos la pobreza era tener que bañarse en excrementos por no tener recursos para poder tener agua o comida, o tener que explicarle a sus hijos palabras que no sabían por no tener escuelas o personas que les enseñaran. 

viernes, 2 de abril de 2021

Poemas escondidos: "Las ramas del azar", de Constantino Molina, comentado por Roberta Onaca y Trino Fernández.


Constantino Molina
Constantino Molina nace en Albacete en 1985. Abandonó los estudios de Licenciatura de Humanidades en el año 2006 y desde entonces ha trabajado en muy diferentes puestos de empleo que nada tienen que ver con la labor literaria (repartidor de guías telefónicas, pintor, camarero, ferrallista, jardinero, empleado en tiendas, supermercados y empresas de manufactura). Actualmente, reside en Madrid y trabaja en la librería del Museo Thyssen Bornemisza. Su primer libro, «Las ramas del azar», fue galardonado con el Premio Adonáis 2014 y el Premio Nacional de Poesía Joven 2016. Su segundo libro, «Silbando un eco extraño», fue publicado en 2016 por la editorial Hiperión tras obtener el Premio de Poesía Alfons el Magnànim. Colabora de manera habitual en medios de prensa escrita como el suplemento cultural de ABC Castilla-La Mancha o la revista literaria OcultaLit.

Las ramas del azar

Qué bellos se mantienen

viviendo sin cuidados, sin podar,

estos almendros

que el olvido ha cargado

de nuevas ramas.


Van creciendo al azar, desatendidas

de la mano del hombre.

Crecen en el desorden armonioso

de la naturaleza,

en búsqueda perpetua tras la vida

y nunca cesan. Crecen

y crecen estas ramas

sembradas como están de alados pájaros,

y la hoja quiere ser ala que vuela

con el aire metido entre sus pliegues,

y con él se deja ir en el otoño.


Qué bellos se mantienen

estos almendros.

Y, sin embargo,

qué inquietante saber que la belleza

que ahora se les concede

es también la condena

de entregarse a una vida más efímera.

Para Trino, este poema trata sobre algo que las personas han descuidado, los almendros, ya que después de dar flor y fruto se quedan secos o por otra parte se le puede referir a la primavera porque en esta época los árboles que no se cuidan crecen sin cesar. El poema le ha parecido difícil de entender, aunque no por ello, le ha dejado de parecer bonito.

Por su parte, para Roberta, es un poema que le transmite sentimiento de empoderación e independencia ya que habla de unos almendros los cuales no son cuidados y aun así siguen creciendo y viéndose bellos, lo que le hace sentir que a pesar del descuido, ellos siguen creciendo independientemente.


jueves, 25 de marzo de 2021

Poemas escondidos: "Hoy ha muerto mi abuela", de Antonio Aguilar, comentado por Stefan Alexandru Bitu y Andrea García

 
Antonio Aguilar
Rodríguez
(Murcia, 1973) Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia, actualmente es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el instituto Ricardo Ortega de Fuente Álamo (Murcia). Ha publicado tres libros de poemas: El amor y los días (Universidad de Granada, 1998), El otoño encarnado de Ives de la Roca (Editora Regional de Murcia, 1998), Allí donde no estuve (Rialp, 2004), La noche del incendio  (Huerga y Fierro, 2015) y Canciones para el día de después (Huerga y Fierro, 2019). Han aparecido sus poemas en los periódicos La Verdad y La Opinión de Murcia y en las revistas Litoral, Hélice, Isla desnuda, El Coloquio de los Perros, Némesis, Müsu… Ha sido antologado en Yo es otro. (Autorretratos de la nueva poesía) de Josep Maria Rodríguez (DVD, 2001), y en Periféricos. Quince poetas de Ignacio Elguero (San Sebastián de los Reyes, 2004). Actualmente edita y dirige la colección de poesía Los Cuadernos Portátiles.

Para Stefan, este poema trata sobre la muerte de su abuela. El poeta no la reconoce porque ya no es como era antes para él. Utiliza, por ello, la palabra exangüe, que significa que está agotado y completamente falto de fuerzas. Cuando llega a la misa, el cura no le consuela y se encierra aún más en sí mismo hasta que en el coche, estando solo, estalla a llorar. El poema trasmite un sentimiento de tristeza, de desconsuelo y de impotencia muy grande.

Por su parte, para Andrea, en el poema se ve reflejado un sentimiento de tristeza, mucho dolor e impotencia por parte del autor, ante la situación que vive durante esa etapa de su vida, debido a la pérdida de un ser muy querido por él, su abuela. Podemos percibir que este experimenta gran ira y malestar, intensificado en concreto por la actitud del sacerdote, que  parece burlarse de su intenso dolor, ojeando el móvil en plena homilía y restándole importancia a una persona que apreciaba y amaba con locura.

HOY HA MUERTO MI ABUELA

Hoy ha muerto mi abuela,

un ser pequeño, exangüe,

horizontal.

Una sábana blanca y una mantilla,

que alguien le regaló en vida,

tapaban su cuerpo enjuto.

                               No estaba hermosa.

No se podría decir que estuviera en paz.

Estaba allí simplemente

a expensas del dolor.


Todos sabíamos que aquel cuerpo

era el cuerpo sin vida de alguien

a quien habíamos amado,

a quien habíamos conocido,

de quien habríamos oído hablar en algún momento.


Observé a través del cristal

su nariz pronunciada por la delgadez extrema,

los pómulos descarnados,

la piel flácida.

Un ser único e irrepetible,

frente a esa masa informe

que poco a poco iba llenando la sala de espera,

diluyendo el dolor

en un dolor compartido en fracciones minúsculas,

en porciones de un pastel de cumpleaños.


Luego en la homilía

al cura le sonó el móvil.

Un hombre obscenamente gordo

que levantaba los brazos

como marcando unas comillas imaginarias

sobre la palabras de dios.


Tan sólo en una ocasión citó su nombre,

y luego habló de un padre y un hijo,

-de Agamenón y de Ifigenia-,

habló de cosas extrañas

que en algún lugar

dentro de muchos años

tendrán sentido,

cuando ya no nos importen,

cosas que se esclarecerán para tener algo que ver

con los que estábamos allí,

con la que estaba allí,

frente al altar,

dentro de la caja cerrada.


No dijo que el dolor era como un eclipse,

que llega poco a poco,

que lentamente da su bocado seco,

que luego se aleja dejando un rumor

de hojarasca pisada,

que es áspero como una cicatriz.


En aquel momento, en mitad de la homilía,

sólo sentí el estómago vacío,

los pies cansados,

nada que ver con mi abuela,

nada que ver con nadie que estuviese allí,


y aún menos con aquel hombre

que miraba la pantalla de su móvil

mientras recitaba los Evangelios

de una memoria aburrida y monótona.


No dijo que el dolor nada tiene que ver

con quien lo provoca,

que el dolor es cosa nuestra.


Más tarde en el coche

me eché a llorar,

me eché a llorar por mi abuela muerta,

mientras sonaba la música

en el coche

de vuelta a casa, solo,

con esa emisora,

escuchando el adagio de la sonata II

para viola de gamba y clavecín

de Juan Sebastián Bach.


Lloré por mi abuela

en el coche

de vuelta a casa, solo,

cuanto no había llorado por mi abuelo,

al que quise con locura,

como el amor que hay entre dos amantes.


Lloré por mi abuelo.

Lloré por mi abuela.

Lloré por mí.

Espacios estancos.

Eso era todo.

Dolor por dolor.